Acuerdos necesarios para que NO se rompa y que NO se doble

Opinión: Por Sergio Fischer - Director

El radicalismo enfrenta un período de transición dirigencial. No se trata de reciclar el sector interno al que le dio vida Raúl Alfonsin. No alcanza con la utilización semántica de la consigna Renovación y Cambio.

El radicalismo enfrenta hoy el desafío de iniciar un camino hacia la búsqueda de remozar y oxigenar el viejo partido radical.

En la práctica, desde la muerte del caudillo Sergio Montiel, el radicalismo ha mutado ideológicamente asociándose al Socialismo hasta situarse a la derecha de la ortodoxia cuando se alineó en alianza electoral al PRO liderado por Mauricio Macri.

La dirigencia autóctona se ha permitido compartir alianza con el socialismo, recibir a Jorge Busti –Caudillo peronista- en su casa partidaria y hasta cerrar un acuerdo electoral con Rogelio Frigerio, dignatario del PRO en esta comarca.

Del partido soñado por Leandro Alem queda poco. Alem decía por entonces que el programa de la UCR tiene cuatro banderas: libertad política, honradez administrativa, impersonalidad de la coalición y sentimiento nacional.

El radicalismo entrerriano ha entregado la libertad política al PRO, tiene dirigentes condenados por uso indebido de fondos públicos y las alianzas electorales estuvieron pensadas en términos personales de los dirigentes entrerrianos. Solo le queda un sentimiento nacional tan intangible como incomprobable.

El camino de la renovación bien puede ser el resultado de un cambio. Un cambio de nombres pero también de formas de construir política.

Los históricos, necesariamente, deberán ocupar un rol de conciliadores entre los nuevos actores.
El semillero de dirigentes es amplio, sin embargo, los individualismos no han permitido un crecimiento de una figura que a prima facie se exhiba como la salida a la imprescindible renovación.

Asoman dirigentes con vuelo propio. Intendentes como Pedro Galimberti o Darío Schneider son variantes que podrían convocar a toda la dirigencia.

Tienen en su haber estar gestionando con criterio sus comunas. Deberán batallar para hacerse conocer.
¿Hay más alternativas? Claro. Rafael Cavagna, Uriel Brupbacher, Miguel Rettore, Lucía Varisco, Gabriela Lena son sólo algunos nombres que surgen rápidamente, entre otros.

Todos, sin excepción afrontan el mismo desafío. Son solo conocidos en sus pagos chicos, no trascienden. He ahí el desafío de una nueva dirigencia que permita el desarrollo terriotrial sin que ello genere diásporas internas.

De cara a un año electoral que se muestra complejo, y frente a las dificultades que seguramente vaya a tener (por contexto) el Gobierno del peronista Gustavo Bordet para responder a cuestiones centrales de la economía doméstica, no son pocas las voces que se alzan contra este instinto radical de iluminar las diferencias, precisamente en el momento en que parece necesario minimizarlas para agrandar las chances de, en las intermedias, ganar una elección que potencie las chances electorales del 2023 en Entre Ríos.

La historia y la mitología le tienen reservado un lugar a la frase escrita por Leandro Alem en su testamento político, “que se rompa pero que no se doble”.

El estuario donde deberá abrevar el rebaño de boinas blancas no admite divisiones. Es una fuente que debe alimentar a las nuevas generaciones que descreen de las compulsas internas como forma de resolución de conflictos.

Han pasado ya demasiadas crisis de representación como para que no haya una modificación de las costumbres. Además, las nuevas tecnologías y las nuevas formas de participación política conmueven las estructuras de los partidos hasta volverlas más un problema que una solución.

Ante este panorama y con el estigma de sus recientes alianzas pendiendo sobre su estructura como espada de Damocles, sin tirar a “los viejos por la ventana”, la única alternativa parece ser el camino del consenso.

Deberá resolver el Radicalismo de esta comarca cómo satisfacer su “Espíritu democrático” sin dañar las pretensiones.