El día después de mañana

*El autor de la nota actualmente es director de Symfonia. Fue ministro del Interior, Obras Públicas y Vivienda.

Si algo enseña el paso por lugares relevantes en la función pública, es lo difícil que resulta lidiar con los problemas que, desde hace décadas y de manera recurrente, se suceden en nuestro país. Todos quienes tuvieron oportunidad de haber transitado por esa experiencia deberían haber incorporado a su carácter una significativa dosis de humildad. Y, a partir del fortalecimiento de ese rasgo de la personalidad, analizar esos problemas desde otro lugar, huyendo de los facilismos y de la actitud del que se las sabe todas.

Lamentablemente nuestra historia política está plagada de ejemplos en contrario. Así, la pandemia que acecha a la humanidad desde hace unos meses no admite miradas simplistas y exige la unidad y el trabajo en equipo de todos aquellos que tienen alguna responsabilidad en la dirigencia de la Argentina.

Salud y Economía

“Con la salud no se juega”, escuchamos todos alguna vez de nuestros padres o abuelos. Tener tan arraigado ese concepto seguramente ayudó a que todo el arco político prontamente se pusiera de acuerdo en los aspectos vinculados al cuidado de la vida humana, sin duda lo más importante que tenemos para proteger. El Presidente rápidamente convocó a la oposición y se puso en marcha la conformación de un Comité de expertos que tiene la misión de asesorar a los funcionarios en todos los niveles de gobierno sobre lo que hay que hay que hacer para cuidar el bien más preciado que tenemos. La mayoría de la oposición se mostró a la altura de las circunstancias y se puso inmediatamente bajo las órdenes del jefe de la Administración Pública Nacional. No cabía hacer otra cosa. Y la mayor parte de los argentinos, según todas las encuestas, expresó acuerdo con esa actitud de sus dirigentes políticos. Esos reflejos, hasta ahora, no se perciben en otro aspecto casi tan importante como el de la salud y tan vinculado a esta, como lo es la economía del país.

En estos meses estamos siendo testigos de la recesión más violenta y repentina de la historia moderna: de un día para otro las empresas dejaron de producir y la gente redujo su consumo de manera estrepitosa. La pandemia hizo trizas todas las proyecciones que se barajaban hasta hoy. El aislamiento interno y externo del país golpea de lleno la economía en los sectores privados de los que depende el empleo: los servicios, la construcción y la industria. Cada mes de cuarentena implica una caída de entre el 2 y el 3% de nuestro PBI. Si la cuarentena se levantase totalmente a mediados de año, la caída del producto en la Argentina sería muy similar a la de la crisis del 2001. Pero solo para la estadística. Este desplome de la actividad no se da a lo largo del año como ocurrió hace casi dos décadas, sino concentrado en pocos meses, haciendo más devastadores sus efectos. Además, el mundo ya no juega a favor como entonces. En aquel momento la economía mundial crecía y la soja valía usd 600 la tonelada. Hoy el mundo enfrenta una recesión sin precedentes y la soja vale la mitad.

Lo primero que hay que lograr es evitar un colapso social. Lo segundo: rescatar el entramado productivo y salvar a todos los puestos de trabajo que se pueda. Cada empresa que quiebra destruye capital y empleo, restando energía a la recuperación del día después. Por esto, la asistencia de los gobiernos es imprescindible. en todo el mundo. Pero debemos aceptar que en el caso argentino se dispone de pocos instrumentos de política económica frente a una crisis distinta a todas las que conocimos. Básicamente, tenemos un Estado quebrado y no tenemos crédito. Urge entonces que el presidente convoque a economistas de distintos pensamientos e ideologías para que, cuanto antes, diseñen un paquete de medidas para salir de esta crisis que nos golpea a todos con una fuerza creciente, pero sobre todo a los más vulnerables. La respuesta del arco opositor, me atrevo a asegurar, va a ser también mayoritariamente positiva. No son pocos los dilemas a enfrentar. Nuestra economía no estaba bien antes de que saliera a la luz este nuevo virus, y ahora está mucho peor. El Banco Central apura el ritmo de producción de billetes para que el Tesoro pueda hacer frente a las responsabilidades preexistentes y a las que se sumaron con la aparición del COVID 19. Al mismo tiempo, el ministerio de Hacienda está enfrascado en la reestructuración de la deuda, con un final abierto.

Frente a esto, el Estado solo cuenta con tres formas de financiar sus gastos: los impuestos, la deuda o la emisión monetaria. Para los que creen que la primera opción está agotada, que no hay margen en este contexto para aumentar una presión impositiva que está dentro de las más altas del mundo (más allá de pedir la colaboración de los que más tienen, que aporta ayuda pero no soluciona el problema), la opción se reduce en el corto plazo a las otras dos: más deuda o más emisión. En este sentido, es probable que en algún momento el presidente tenga que enfrentar el dilema de modificar la Carta Orgánica del Banco Central para permitir una mayor emisión (con lo que eso implica para las señales que después afectan la demanda de dinero y derivan en más inflación) o procurar negociar la deuda de forma tal que la Argentina pueda -aún a tasas altas- conseguir financiamiento para hacer frente a sus obligaciones perentorias. Surge también, con clara evidencia, que esta crisis puede resultar en una oportunidad para que finalmente la política discuta algo a lo que le viene escapando desde siempre: decidir con precisión que partidas presupuestarias no son indispensables, para poder privilegiar sin dilaciones, de manera genuina y sostenible, a aquellas que sí lo son.

Parlamento

El anterior gobierno coexistió durante su gestión con dos modelos de oposición. Una que solo se dedicó a poner palos en la rueda y que creía que cuanto peor le iba a la Argentina mejor les iba a ir a ellos. Pero también convivió con otra que, aunque de manera dispar, le permitió a esa administración impulsar muchas políticas en el Congreso (a pesar de ser el gobierno más débil en términos parlamentarios del último siglo). Centenares de leyes pudieron sancionarse con la concurrencia de esos diputados y senadores que no formaban parte de Cambiemos pero que entendieron cuál debe ser el rol de la oposición: garantizar la gobernabilidad y controlar el ejercicio del poder. Entre uno y otro, la Argentina necesita hoy contar con un perfil opositor más parecido a este último. Apoyando la gobernabilidad, más aún en medio de esta pandemia, pero sin olvidar el rol fundamental de controlar y asegurar la vigencia del Estado de Derecho y los valores republicanos. Por eso, entre otras cosas, es fundamental que el Parlamento trabaje a pleno en estos tiempos aciagos. La necesidad de cumplir los protocolos que impone la preservación de la salud no puede ser una excusa para que el Congreso no funcione. Tiene que estar presente, cualquiera sea el procedimiento con que elija sesionar.

Las grandes crisis se enfrentan con más democracia, no con menos. Y la democracia exige el funcionamiento a pleno de todos los poderes de la República. Temas urgentes como el tratamiento de un régimen especial para que los trabajadores de la salud no paguen ganancias por las horas extras que están obligados a hacer por la pandemia, o un régimen de emergencia en materia tributaria, laboral y tarifaria para las empresas y los monotributistas, paralizados o que bajaron sus ventas por las restricciones sanitarias, no pueden esperar más a que el Congreso Nacional siga debatiendo cómo funcionar. También es el Parlamento el único lugar adecuado para discutir decisiones tan trascendentes como la que ha tomado estado público en estos días e involucra la posibilidad de poner en riesgo el futuro del MERCOSUR y de otros acuerdos comerciales.

Unión Nacional

Todos estos temas revisten una enorme complejidad. Es poco probable que un gobierno los resuelva por sí solo. De ahí la necesidad del llamado a una mesa multipartidaria que pueda, sin mezquindades, discutir por fin problemas y posibles soluciones que se vienen pateando desde hace décadas. La conformación de una mesa en donde estén sentados todos los que tienen responsabilidades -el Gobierno, la oposición, los trabajadores, los empresarios, los representantes de la sociedad civil- no puede esperar más. Tiene que ser una mesa que ocupe su energía en ver en que nos podemos poner de acuerdo y no, como ha sucedido en las últimas décadas, poner énfasis en que nos diferencia.

El último gobierno que tuvo esa convicción es probablemente recordado por muchos como el mejor de la era moderna en la Argentina. Don Arturo Frondizi entendió, ya hace más de 60 años, que solo un gran Frente Nacional, un acuerdo de diferentes sectores sociales detrás de un programa de desarrollo podía sacar a la Nación de su estancamiento y pobreza. Hoy, ese pensamiento está más vigente que nunca. Sé que no es sencillo. Muchos tienen argumentos válidos para justificar su odio y su enfrentamiento con los que están en la vereda de enfrente. Demasiados años de violencia, injusticia social, derechos cercenados, revanchismos, hacen que esta opción sea muy difícil de transitar. Pero si en algún momento pudimos dejar de lado los enfrentamientos, los odios, las antinomias, si otros pueblos a lo largo de la historia lo pudieron hacer, quizá esta pandemia pueda ser la excusa para que nosotros volvamos a intentarlo.