El flagelo de ser un peatón en Paraná

Paraná es una ciudad hostil con los que andamos caminando, con los peatones. Hay diversos problemas, no voy a hablar del colectivo porque ese es otro tema.

Hablo del simple, natural y ancestral hecho de andar sobre nuestras dos piernas, para los que podemos. Para quienes tienen algunos problemas de movilidad, por ejemplo son ciegos, usan bastón, andador o silla de ruedas, directamente la ciudad los confina a sus casas. Y agrego otro factor de impedimento, el cochecito para bebes. Tener que andar con un cochecito para bebe en la ciudad de Paraná se parece muchísimo a tener una discapacidad.

Porqué digo que es tan hostil nuestra ciudad con nosotros los peatones, por muchas razones, a saber:

Las veredas son pésimas o no hay. En el centro, son muy angostas. Reconozco mi ignorancia al respecto de quién o porqué las veredas y calles del centro son tan angostas. Actualmente se piensa en otro concepto de ciudad e incluso hay un proyecto en Italia que plantea planificar la ciudad desde la mirada de un niño, pensando de qué manera tendría que ser el espacio público para que los niños y niñas puedan desarrollarse y ganar autonomía, planteado desde la idea de que pueda ir a la escuela solo. Pero volviendo a Paraná, siempre da la impresión de que es una ciudad pensada desde la perspectiva de un automovilista. Entonces el peatón es ese que no tiene auto, digo pensado de manera negativa, a partir de la carencia. Y esa puede ser una de las razones de lo difícil que se hace andar a pata, dicho llanamente.

Decía que las veredas en el centro, salvo en la peatonal, por razones obvias, son muy difíciles para transitar. Por su angostura y porque en muchas partes están rotas. Cuando no te pasa que está cortada y tenés que bajarte a la calle porque alguien está construyendo o refaccionado algo, incluso la propia vereda. Y ahí te das cuenta que el peatón en Paraná es como algo molesto o que en algunos lugares desborda la infraestructura. Están remodelando la plaza Alvear. Para pasar por la vereda de calle Laprida, hay un pasillo con una pared de media sombra de un lado que deja un espacio para que pasen dos personas apretadas, del lado de calle Buenos Aires el pasillo es un poco más angosto y la media sombra está llena de tierra. Me parece un buen ejemplo de cómo se plantean las cosas cuando la pregunta es qué hacemos con los peatones.

En los barrios la cosa no es mejor, pero hay lugares donde las veredas son anchas y otros donde directamente no existen y lo peor es que esta situación se da en calles que tienen un tránsito importante. Por ejemplo, Un tramo de Av. Zanni, otro de Newberry, tramos de Rondeau, pero sólo por citar ejemplos, debe haber una enorme cantidad.

Los semáforos no son una política municipal, pero obviamente no tienen en cuenta a los peatones. Los semáforos, según la que parece ser la mirada imperante son para los autos. No podés tener un semáforo cada 5 cuadras en una avenida en los barrios porque para cruzar la calle tenés que hacer 500 metros, pero bueno, se sabe que para un vehículo con motor a explosión 500 metros es un trayecto corto. Con bolsas del super y dos o tres gurises, te la regalo.

Hace tiempo, el actual Gobierno municipal decidió modificar la dirección o la orientación de las calles para establecer vías rápidas de ingreso y egreso al centro, funcionó a medias, reubicó embotellamientos en algunos casos, digamos. Pero el punto es que debido a este cambio los semáforos debían cambiar su orientación también. Se entiende, para que lo vea el que viene, había que reubicarlos. Pero se tomó una decisión más sencilla y económica. Se giró el semáforo ahí donde estaba puesto. El resultado en un principio fue asombrosamente ridículo. En algunos casos, el semáforo quedaba ubicado arriba del techo del auto. Los peatones dejamos de poder ver el semáforo para saber cuándo podemos cruzar. Puede parecer un privilegio innecesario e indigno de nosotros, pero es ciertamente muy útil poder ver a quien le da el rojo o el verde cuando uno anda caminando. Incluso el municipio podría brindar un servicio de avisadores que se paren del otro lado, para poder ver la señal luminosa y cantarte: rojo, verde, qcyo. Si cruzar la calle en las esquinas que tienen semáforo tiene su leve dificultad, en las que no lo tienen, seguimos hablando de la zona céntrica de la ciudad, es casi imposible.

De hecho cuenta la leyenda que ha habido gente que en esquinas tales como la de Buenos Aires y Cervantes o España e Italia, perdió el turno al médico esperando para cruzar y tuvo que volverse.

Los semáforos para peatones son escasos, casi simbólicos y hay uno en particular que me resulta chistoso. Es el que está en la esquina de Alameda y Tucumán, donde está la Escuela del Centenario. Hay semáforo para peatón con contador. Arranca del 12, pero resulta que el tiempo que te da no te alcanza para cruzar una de las calles. Con toda la furia llegas con lo justo pero ya el que venga atrás tuyo tiene que pegar el pique corto en el último tramo.

Los semáforos para ciegos que están en la peatonal, también escasos, a veces dejan de andar. Hay uno que no volvió a andar. Esos están bien, aunque la chichara podría tener un tono más amable y tan de tensión. No sé si hay algún tipo de disposición en cuanto a las características del sonido de estos semáforos. Pero lo cierto es que son prácticamente testimoniales y no tiene mucha utilidad si para cruzar la calle tenés semáforo con señal sonora pero cuando llegaste a la vereda de enfrente metés la pata en un agujero.

A toda esta situación se agrega el casi nulo respeto de los automovilistas y motociclistas que estacionan sobre sendas peatonales, esquinas, veredas, no ceden el paso ni aunque vengan degollando y si pueden meter la trompa pasan hasta delante de una ambulancia. Si usted logró sobrevivir a todo esto sin perder el espíritu y el humor, sólo le resta esperar a que el colectivo llegue.