¿El futuro de la democracia está en peligro?

Por Sergio Fischer, Director

El futuro de la democracia está en peligro. Una frase o interrogante que bien podría adjudicarse al Ex Presidente interino de Argentina, Eduardo Duhalde, sin embargo, también puede asignarse a una realidad marcada por la pérdida de prestigio a la que se ha sometido al sistema “imperfecto” por parte de la dirigencia política.

Hasta ahora, los presuntos pactos de alternancia en el poder han funcionado, sin embargo, la alternancia no está dando los resultados esperados. No funciona.

La suposición de que el capitalismo resulta incompatible con regímenes populistas ha quedado hecha añicos, son ambos, en la práctica, nocivos a los intereses de la ciudadanía.

Se observa un distanciamiento de “la política profesional” respecto a las demandas de la sociedad que atenta directamente en contra de la representación que se arrogan.

El descrédito de los partidos tradicionales, víctimas del clientelismo, la endogamia y la corrupción, facilitó la creación de nuevas formaciones que también fracasaron y son igualmente cuestionadas.

Los partidos tradicionales, conscientes de su pérdida de arraigo y del cansancio de sus votantes, lejos de promover transformaciones que mejoren su representatividad, se han propuesto hacer “lo que sea”, ávidos de recuperar el poder perdido y dispuestos a ahondar la fractura y la polarización de la opinión pública en la búsqueda de imposibles mayorías electorales.

Cada vez está más extendida la impresión de que, lejos de resolver el problema, los políticos de la democracia son quienes lo constituyen.

Una revuelta sin conducción política y con la desigualdad social como disparador es el arma que pueden empuñar los hacedores del caos con el supuesto argumento de que, la alternativa constituirá una mejora colectiva.

Está claro que en la Argentina, ese tipo de soluciones dejaron marcas indelebles, heridas muy profundas y divisiones que usufructúan los dirigentes oxidados de la política autóctona.

Argentina no debe debatirse entre populismo y conservadurismo, debe debatir que futuro pretende desde un estadio socialmente frágil, con una economía destruida y el descrédito en las instituciones y un hartazgo social que eleva la temperatura y mete presión.

La democracia no está en peligro por actores ajenos a la política partidaria, la democracia está en peligro a causa, fundamentalmente, de la política.