El programa económico enfrenta su mayor tensión operativa: el superávit fiscal se erosiona por la caída del consumo, mientras la interna entre Milei y Caputo asoma tras los intentos de inyectar liquidez «por izquierda». ¿Es sostenible el ajuste ante un mercado interno que no toca fondo?
Buenos Aires / Paraná, jueves 23 de abril de 2026 – El programa económico de Javier Milei ha ingresado en una zona de turbulencias donde los manuales teóricos chocan de frente con la planilla de Excel de la recaudación. Tras un primer tramo de gestión apoyado en el shock y la licuación, el esquema actual parece haber encontrado su propio techo: la recesión, que inicialmente fue la herramienta para frenar la inflación, se ha convertido ahora en la principal amenaza para la sostenibilidad del superávit fiscal.
El círculo vicioso de la recaudación
El corazón del dilema es estrictamente contable pero de impacto social profundo. El Gobierno ha logrado mantener el saldo fiscal positivo mediante una estrategia de «caja pisada», postergando pagos a universidades, provincias y contratistas de obra pública por más de 1,4 billones de pesos. Sin embargo, este ahorro forzoso tiene un costo: el mercado interno agoniza.
La caída de los salarios reales y el retroceso del consumo han desplomado la recaudación de impuestos vinculados a la actividad, como el IVA y el Impuesto al Cheque. Esto obliga al secretario de Hacienda, Carlos Guberman, a profundizar los recortes para compensar la menor entrada de pesos, generando una espiral donde el ajuste asfixia la misma fuente de recursos que lo sostiene.
Milei vs. Caputo: ¿Dogma o Pragmatismo?
La tensión ya no es solo externa; ha perforado las paredes del ala económica. Mientras el presidente Javier Milei se mantiene «atado al mástil» de la emisión cero, rechazando cualquier dilema entre actividad e inflación, el ministro Luis «Toto» Caputo ha comenzado a mostrar un perfil más pragmático.
Caputo detecta lo que el mercado ya descuenta: sin dólares frescos para abrir Wall Street, la economía necesita algún tipo de lubricante para no detenerse por completo. En las últimas semanas, han aparecido señales contradictorias que exponen esta interna:
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Inyección de crédito: El Banco Central flexibilizó los encajes bancarios para empujar el crédito al consumo.
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Absorción de liquidez: Casi simultáneamente, el Tesoro adjudicó el 130% de los vencimientos en sus licitaciones, retirando pesos de la calle.
Esta «doble señal» refleja la presión de Caputo por evitar el colapso de la actividad, mientras Milei exige mantener la pureza monetaria tras el inesperado salto inflacionario de marzo (3,4%).
La advertencia de los especialistas
El establishment económico, que hasta hace poco acompañaba sin fisuras, empieza a emitir señales de alerta. El diagnóstico coincide en que la «Vaca Muerta» del agro y la energía no alcanzan para compensar la parálisis de las PyMEs y el comercio.
«El Gobierno enfrenta el dilema de más inflación o menos actividad», sintetizó Jorge Vasconcelos (Fundación Mediterránea), marcando que la receta de no emisión ya no alcanza para explicar la dinámica de precios.
Por su parte, Ricardo Arriazu puso el foco en la variable más sensible: el empleo. Según el economista, la destrucción de puestos de trabajo es más rápida que la creación, lo que genera bolsones de pobreza que podrían traducirse en un costo político impagable de cara a las elecciones de 2027. Lorenzo Sigaut Gravina (Equilibra) sumó un dato técnico preocupante: el FMI ya proyecta una inflación del 30,4% para 2026, el triple de lo presupuestado.
¿Comer o pagar impuestos?
La frase reciente del Presidente —«¿Qué priorizás, comer o pagar impuestos?»— resume la crudeza del momento. El Gobierno confía en que la economía «pegue la vuelta» por el impulso de los sectores exportadores, pero el puente hacia ese crecimiento está crujiendo.
Incluso figuras cercanas al pensamiento liberal, como Alejandro Werner, sugieren prudencia. La mayor reforma estructural, sostienen, es evitar que el deterioro social pavimente el camino de regreso para opciones políticas populistas. Por ahora, Milei elige no escuchar las sirenas de la liquidez y mantenerse firme en su rumbo, aunque el mástil al que está atado empiece a mostrar signos de fatiga ante la tormenta recesiva.
