“La chicana y la no política”

Tuve que recurrir al diccionario. No fue la primera ni la última vez, por suerte. Hay palabras que uno puede definir denotando, es decir, describiéndola mediante ejemplos concretos y tangibles. La palabra “chicana” es uno de estos casos en mi haber. Sé que hay chicanas cuando un dirigente le dice a otro “domador de reposeras” o cuando uno acusa a un partido político de “manejar hasta al Papa”. También sé que la “chicana” es muy común en la política argentina, en todos sus órdenes: nacional, provincial y municipal. Quizás por eso pueda identificar cuando un político “chicanea” a otro, porque crecí políticamente dentro de ese bioma, de ese sistema. Claro que no me enorgullece. Pero la única verdad es la realidad y es lo que me tocó, en verdad es lo que nos tocó a varios.

Retomando, según la Real Academia Española puede definirse “chicana” como: “Artimaña o procedimiento de mala fe, especialmente el utilizado en un pleito por alguna de las partes”. No voy a explicarle nada a nadie: para llegar a esto, puse la palabra “Chicana” en el buscador de Google. El primer resultado que aparece es ese. Seguidamente, varios más que confirman, no sin provocarme frustración, lo vigente y naturalizado que está este proceder en nuestra dirigencia política: “Tal político opositor se defiende con una chicana”, “Tal dirigente oficialista anuncia políticas con chicanas a la oposición”, etc. Es impactante observar también como la dirigencia, subvierte la función de las redes sociales, utilizándolas en numerosas ocasiones como herramienta para agredirse y descalificarse entre sí.

Curiosamente, la chicana nos da risa y a veces, incluso la festejamos. Me incluyo. Desde ya que no estoy libre de culpa y cargo. Pero creo que es un buen momento para parar. Quizás un año electoral, sea la gran oportunidad para que nos pongamos de acuerdo entre todos, al menos en un tema. Porque estamos hablando de algo transversal. Porque el chicaneo es parte de jugar a ver quién es el más vivo, quién se las sabe todas y cómo en consecuencia trato de ridiculizar al otro, al diferente, al adversario.

La chicana vulgariza y reduce la política a un duelo de hinchadas. Asimismo, no sólo obstruye la posibilidad de diálogo y posibles consensos, sino que la implosiona. Porque cuando agredo al otro, mediante falacias “ad hominem”, estamos matando el debate alrededor de las ideas. Creo que nos merecemos más. Me agota el escarnio de ida y vuelta. Me hastía el insulto y el vuelto que viene a cambio. Me rebela que nos anulemos entre todos. Ya ni hablo como político, hablo también como ciudadano. Me parece que gran parte del pueblo está cansada de esto.

Tengo la fortuna de formar parte de un equipo, de una “orga” como decimos en política, que como todo grupo humano es imperfecta. Pero que me enorgullece poder afirmar que tenemos valores y límites. Que no desestimamos el diálogo con nadie y que no señalamos. Que creemos en el debate de ideas y no en la minimización de la política a un ring donde sólo se respira el golpe por golpe. Rogelio Frigerio tiene otra manera de concebir la política, no como muro o como arma, sino como puente.