Las ciudades ante los nuevos desafíos del siglo XXI

Opinión Lic. Daniel Maximiliano Gomez: Politólogo y docente UNER. Actualmente cursa la Maestría en Ciudades de la UBA.

La pandemia de coronavirus nos sumergió de lleno en la complejidad actual del mundo contemporáneo y nos obligó a enfrentarnos con los problemas y desafíos que las sociedades deben asumir en un mundo globalizado, hiperconectado y “sobreinformado”, en el marco de una creciente “crisis civilizatoria” que se expresa en la difícil relación de las personas entre sí y con el ambiente natural y social y en una profunda y permanente desconfianza hacia las instituciones existentes.

Las personas sabemos que somos ciudadanos globales, pero no siempre actuamos como tales. Lo mismo sucede a nivel de las ciudades y de los gobiernos locales: existe conciencia que un evento o serie de eventos que acontecen en una ciudad lejana y casi desconocida puede generar una reacción mundial en cadena, y sin embargo, poco o nada de este contexto es utilizado como fuente de información o punto de partida para la toma de decisiones vinculadas con el planeamiento del espacio urbano y las políticas públicas en los niveles de gestión y decisión local.

La pandemia provocada por el coronavirus demuestra que a escala global se requieren de acciones e información que involucran al mismo tiempo a gobiernos y países muy diferentes entre sí, aunque su impacto sanitario y económico se siente puntualmente en los territorios locales. El coronavirus, como la mayoría de las amenazas climáticas o de origen biológico, no distingue clases sociales ni nivel de ingresos de los países, aunque el virus genere mayores daños en la salud y en la economía de las sociedades más desiguales y vulnerables, y allí es donde debe centrarse la atención de los actores locales, tanto gobiernos como sociedad civil, academia y sector privado.

Mucho se ha dicho en las últimas semanas sobre la necesidad de avanzar hacia una gobernanza internacional colaborativa. Otros incluso postulan la necesidad de proceder con un rediseño profundo de los organismos internacionales para adaptar al siglo XXI la estructura internacional que data de la segunda posguerra. La ciencia y la academia vienen señalando hace tiempo que necesitamos actualizar nuestros marcos mentales y prácticos para tomar decisiones, a la vez que apuntamos a restituir la confianza perdida en las instituciones públicas y a reducir la pérdida permanente de credibilidad de nuestros gobernantes. Pérdida que -en última instancia- socava también la legitimidad del sistema democrático, y que muchas veces, encuentra razón de ser al toparse con líderes políticos como Trump y Bolsonaro que toman decisiones políticas contrarias a los postulados científicos o las recomendaciones de los expertos.

El análisis no debe terminar allí. Más bien oficia como punto de arranque: es fundamental entender que la dimensión local adquiere un valor estratégico y requiere de acciones de coordinación, concertación y evaluación permanente de decisiones de diseño y gestión de políticas públicas, en un contexto donde el cambio climático, la creciente segregación social y las dificultades de un mundo que se encamina inevitablemente a una fuerte recesión económica se suman a la aparición de amenazas emergentes: nuevas pandemias, catástrofes naturales de alto impacto u olas de violencia producto del terrorismo y las acciones del crimen organizado. Y si bien las respuestas requieren de análisis, estudio y consenso en los niveles locales, éstas no deben darse de forma aislada y descoordinada, sino por el contrario, fomentando un espíritu global de cooperación y acuerdo que se sostenga como uno de los tantos aprendizajes colectivos que queden cuando la pandemia termine. Ya el esloveno Slavov Zizek afirmó recientemente que “es difícil perderse la ironía suprema del hecho que lo que nos unió a todos y nos empujó a una solidaridad global, se exprese de tal manera que hay que evitar el contacto entre personas e incluso aislarse (…) y no siendo esta la única catástrofe en el horizonte, la respuesta no debe ser el pánico, si no el duro y urgente trabajo de establecer una especie de coordinación global eficiente”.

Recuperando nuestra preocupación de base, nos preguntamos: ¿cómo pensamos, diseñamos y planificamos las ciudades de cara a estos nuevos desafíos y potenciales amenazas del siglo actual? En el pasado, los sistemas de saneamiento (alcantarillado, redes de agua potable, gestión de residuos) marcaron la organización urbana y caracterizaron de un modo particular la vida en las ciudades luego de los grandes azotes que significaron las epidemias de malaria, cólera y otros males. Quizás en la actualidad, el diseño de las ciudades deba prever nuevas redes de servicios que atiendan a las demandas actuales y futuras, especialmente en lo que a gestión del riesgo se refiere.

Se debe atender el valor de contar con información que sirva para fundamentar la toma de decisiones en caso de emergencias de alto impacto, como la que estamos atravesando a escala planetaria. Claramente, una situación de este tipo no será la última. Por eso, tener información precisa, sistemática y oportuna es esencial, y para ello contar con sistemas que generen información en tiempo real -para lo cual ya hay tecnología disponible-, que puedan procesar los datos de forma efectiva y brindar mapas que funcionen a modo de “sala de situación” y sirvan como orientadores de la política pública.

La información es clave para la toma de decisiones, para comprender los escenarios de crisis y activar los protocolos correspondientes, pero también para identificar las debilidades estructurales y generar acciones para mitigarlas, a la vez que se proyectan medidas económicas y sociales para que cada crisis no se transforme en una catástrofe mayor.

Sin embargo, esto no nos debe hacer perder de vista que al mismo tiempo que la tecnología nos ayuda a resolver nuevos problemas y nos brinda opciones innovadoras que hagan más amigable y llevadera la vida en comunidad dentro de los espacios urbanos, también debe propiciarse la necesaria reconstrucción de la confianza de las personas hacia los gobernantes y las instituciones públicas. Recrear la credibilidad y la confianza será central para fortalecer los sistemas democráticos, lo cual no será posible si no hay una profunda autocrítica del funcionamiento actual de las instituciones del orden internacional (la ONU encabeza la lista), y especialmente, de las élites políticas de cada país.

Las crisis de representación política en los sistemas democráticos, el ocultamiento de información en los sistemas autoritarios y la negación de los problemas de los referentes mundiales no hacen más que agravar este cuadro y van en contra de cualquier intento de activar compromiso social y empoderamiento ciudadano. Solo esto le dará sentido a la discusión vigente sobre los “nuevos” modelos de Estado en el mundo actual, y particularmente, cómo se transita esta tensión reactualizada entre el aparente fortalecimiento de los Estado-Nación, la crisis de los espacios multilaterales comunitarios (la Unión Europea como máximo ejemplo) y la aparición de las ciudades como nuevos actores centrales de la agenda global de desarrollo.

Como decíamos antes, la planificación moderna y la ingeniería civil nacieron a mediados del siglo XIX como respuesta a la propagación de la malaria y el cólera en las ciudades. La infraestructura digital podría ser el “saneamiento” de nuestro tiempo, y de esta forma, pensar redes que universalicen el acceso a Internet y diseñar y crear nuevos formatos educativos y laborales que incorporen de forma permanente y sostenida el trabajo desde casa (o “teletrabajo”) quizás sean salidas consistentes a problemas sociales actuales, como la falta de tiempo de madres y padres con sus hijos o la necesidad de disminuir la huella de carbono que generamos diariamente cuando nos trasladamos a nuestros empleos en medios de transporte que consumen toneladas de combustible fósil al año. Esto también requerirá de tecnología y de aportes económicos por parte de los Estados en sus diferentes niveles.

Evidentemente, el coronavirus ha llegado a consolidar una serie de cambios imparables. Pero ahora, decisiones que podían tomar meses o años, se anticiparán de forma inexorable, como afirmó recientemente el escritor israelí Yuval Hararí, quien sostuvo las infinitas posibilidades que se abren en la expansión de una ciudadanía global activa, crítica y movilizada, pero también nos advierte sobre potenciales riesgos que este proceso puede generar.

Es cierto que, desde ahora con el coronavirus, se puede saber la temperatura del dedo y la presión sanguínea de cualquier persona, pero así como ciertas herramientas permiten acortar drásticamente la detección de peligros varios, también pueden legitimar que en el futuro gobiernos y corporaciones vigilen no sólo las preferencias políticas de los ciudadanos sino que también puedan conocer y manipular las reacciones emocionales de los ciudadanos. (¿O acaso Facebook no lo hace ya?). Para eso también debemos pensar y preparar nuestros espacios vitales, a sabiendas de que el virus del autoritarismo también reside en la mente y el corazón humano, como ya lo anticipó Hannah Arendt con sagaz lucidez a mediados del siglo pasado.

Ojalá que esta pandemia nos permita salir fortalecidos, más resilientes y conscientes de que el espacio individual de cada uno está conectado con un todo global, y que la pretensión colectiva sea en pos de un fortalecimiento de los valores democráticos globales y un empoderamiento ciudadano.